Para que nadie nos ocupe, ni nos rompa en los delirios de un amanecer como
de gaviota solitaria, ni nos sepa 
cargados de manzanas, deseos o sillas, 
para que ningún tiempo altere nuestras bocas 
de azul tendido, para que nadie celebre un adiós como nosotros. 
Para los amantes ridículos que vencen cotidianos 
otras máscaras de aroma detenido, los rostros más diversos 
en la altura, los pequeños asaltantes olvidados 
de la voz, los brazos a llevar en días de humo
o de escarcha, los días húmedos en las nuevas cavidades. 
Tanta muerte en los paseos, ojos dorados en el porqué 
de los instantes, si nada se acerca a los labios de espuma, 
si nada perdura como este amor de gratas 
ocasiones, como venir cansados en las vistas, si nada lleva 
tu calor atravesado en el pecho, en las flores sagradas del camino. 
Para que nadie sobreentienda los nombres 
atribuidos a los objetos necesarios: esto sería una mujer 
que amo lentamente, esto un esmalte con su cara asomando 
de vértigos y alardes, aquello pudo ser un irse, 
Obdulia o nada o Diane Keaton, esto es la palabra que siempre nos precede. 
Para todos los naufragios este día gemido desde tarde, 
para los niños asombrados en los portales rigurosos de los sueños, 
para ti mis crecimientos predilectos, para ti nuestros rituales 
con el agua en los tobillos 
para que nadie nos prevenga de los besos y alcoholes del verano.

 

De CUADERNO DE JUNIO 1984

 


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